18 de marzo, 6:00 am. Primera parada en Asia: Incheon International Airport.
Sobre Seúl sólo sabíamos tres cosas: es la capital de la Corea “buena”, amiga de los Estados Unidos; tiene el mejor aeropuerto del mundo; y es una ciudad recientemente desarrollada partiendo de un exitoso modelo económico basado en enormes empresas orientadas a la exportación (Samsung, LG, Hyundai, entre otras).
Una vez en el aeropuerto, no tuvimos tiempo de confirmar la segunda afirmación ya que sólo teníamos 10 horas para adecuar nuestra vestimenta tropical a los 8ºC del invierno coreano (es decir, ponernos encima toda la ropa que llevábamos para el viaje), descubrir cuál era la moneda Coreana (y más importante, el tipo de cambio), cómo llegar del aeropuerto al centro de la ciudad, cuáles eran los principales atractivos turísticos que debíamos conocer, dónde comer algún platillo tradicional coreano (barato), y finalmente, cómo regresar al aeropuerto y no perder el vuelo hacia Phnom Penh en el intento. Podemos adelantar que toda la travesía resultó mucho más sencilla e interesante de lo que en un principio parecía.
El Incheon International Airport es una gigantesca estructura de metal, ultra moderna (casi no tuvimos que caminar en ningún lado, tan sólo deslizarnos como los supersónicos) e increíblemente bien señalizada. No tuvimos ningún problema para encontrar la casa de cambio y hacernos de unos cuantos won sudcoreanos. Y, de la misma forma, las señales de aeropuerto nos llevaron casi de la mano hacia el Commuter train del Airport Railroad que nos transportaría hacía el corazón de Seúl por tan sólo 8200 wones (menos de 4 dll por persona).
Cincuenta y tres minutos más tarde, y tras un amanecer de película japonesa, nos encontrábamos descendiendo en la estación central de transporte público de Corea: Seoul Station. Cabe destacar que al momento de abordar el tren nos llevamos la segunda sorpresa del viaje (la primera fue la facilidad con la que llegamos del asiento del avión al asiento del metro): un tren del futuro, tan limpio y moderno que comenzamos a dudar de la pertinencia de nuestra vestimenta para abordar un transporte público de primer mundo (nada, nada, pero en verdad nada que ver con el metro del D.F.). Señales digitales en cuatro idiomas: coreano, japonés, mandarín e inglés, daban los avisos de arribo a cada estación e información relevante sobre cada una de ellas. Sin darle mayor importancia, notamos que todas las personas que abordaban el metro iban muy bien vestidas, lo cual de alguna forma relacionamos con un transporte elitista.
Una vez en Seoul Station, una construcción de ocho niveles en el cual convergen todas las líneas del metro y transporte público en general, comenzamos nuestro tour exprés por la ciudad. Salir a la calle desde el último nivel de la estación, a esas horas de la mañana casi desértica, nos permitió darnos una idea sobre la gran actividad que seguramente se desarrolla en ese enorme recinto a las horas pico del día. Pero una vez fuera, nuestra sorpresa fue mayor. La ciudad nos dejó verdaderamente impactados. La primera imagen de Seúl parece sacada de un proyecto final de arquitectura urbana vanguardista, donde se dan cita enormes edificios, calles perfectamente planeadas y espacios públicos adecuados para todo tipo de personas (prácticamente es posible recorrer todo el centro de la ciudad con los ojos cerrados, pues las señales para invidentes son tan buenas como las de tránsito).
Y, de nuevo, no pasó mucho tiempo para que una de las señales que abundan en la ciudad nos indicara hacia dónde dirigirnos: City Hall. Pensamos que, dado que aún no teníamos idea de qué sitios visitar, en el Ayuntamiento o sus alrededores podríamos encontrar información turística más fácilmente. Caminando, ya con rumbo definido, paso a paso confirmábamos que nos encontrábamos en una ciudad cosmopolita aguardando a ser descubierta.
De camino al City Hall recorrimos una gran avenida rodeada de hoteles, malls y tiendas de reconocidas marcas de moda. Pero también cruzamos por una zona bastante pintoresca que de inmediato llamó nuestra atención y que parecía ser un mercado público en proceso de instalación (para esto, son apenas las 7 de la mañana). Continuamos caminando, el frío nos hacía buscar refugio en los pasos peatonales subterráneos, y ahí, algo desesperados por no llegar a ningún lado, decidimos probar suerte con la comida del lugar: una especie de engrudo de arroz y zanahoria, acompañado por un caldito de vinagre con repollo, al menos eso fue lo que nos pareció desde nuestra percepción occidental. Ya a punto de darnos por vencidos, nos topamos con una construcción antigua a la que no pudimos entrar porque estaba cerrado: el Deoksugung Palace, ahora por lo menos sabíamos que no podríamos hacer nada hasta las 9 de la mañana cuando la ciudad estuviera completamente despierta. Resignados, nos dirigimos a un puestecito de café en la calle, donde un señor desde las alturas de una especie de templete improvisado en la parte trasera de un carro tipo pick-up coreana, despachaba vasitos de café y sandwiches de huevo. Increíblemente, este extraño puestecito se encontraba justo a un lado del “Seoul City Tour Bus”. De esta forma, guiados más bien por el frío y el hambre, llegamos sin haberlo planeado de esa forma, al turibus de la ciudad. Nos subimos sin dudarlo. El recorrido era de 2 horas y consistía en visitar 27 sitios de importancia histórica o tradicional de la vida en Seúl. Incluía mercados, museos, distritos financieros o estudiantiles, la torre de Seúl, los palacios imperiales y residencia oficial del presidente de Corea del Sur. Adicionalmente, lo cual llamó mucho nuestra atención, el recorrido incluía como atractivos turísticos zonas militares estadounidenses, donde se leía por todas partes que todo lo ahí establecido era propiedad del gobierno de los Estados Unidos, es decir, nos quedó claro el alto nivel de intervencionismo que el gobierno gringo ejerce sobre la política militar sudcoreana. Fue hasta ese momento en que tomamos conciencia de la tensa situación bélica entre las dos coreas, y el esfuerzo del gobierno sudcoreano por exaltar un tipo de nacionalismo, semejante al estadounidense, basado en la constante confrontación militar con el enemigo del norte.
Dos horas más tarde, tras terminar el recorrido en el turibus, nos encontrábamos más cercanos a nuestra partida, y no podíamos por ningún motivo perder ese vuelo. Solo restaba ir a comer a un lugar que nos ofreciera sabores tradicionales de estos rumbos, y emprender el camino al aeropuerto. El Namdaemun Market seguramente tendría lo que estábamos buscando. En el centro de la ciudad, entre callejones y callejuelas repletas de vendedores, se ubica el mercado más grande de todo Corea. En la zona de la comida pudimos degustar un par de platillos cuyo nombre desconocemos y que consistían en fideos transparentes y elásticos de arroz acompañados por vegetales, carne y una salsa de múltiples sabores, entre dulce y picante, pero no agridulce, más bien todo lo contrario... realmente deliciosa.
Panza llena, corazón contento, nos dirigimos fácilmente hacia el Seoul Station para tomar el tren de regreso al aeropuerto. En esta ocasión, la atmósfera del lugar era muy distinta a la que se respiraba a las 7 de la mañana: gente por todas partes, algunos comiendo, otros corriendo, parejas, familias, ancianos, todos ellos se daban cita para transportarse a algún lugar de la ciudad. Llamó nuestra atención las televisiones públicas que congregaban a varios transeúntes para ver algún programa de forma colectiva, mientras esperaban por su tren de salida. Y por si la ciudad no hubiera sido bastante benevolente con nosotros, una vez en el piso que daba acceso al Airport Railroad, dado que nos fue imposible comprar un boleto o recargar el que ya teníamos, una amable trabajadora del metro nos dejó pasar gratis, disculpándose por que no hayan funcionado nuestras tarjetas, cuando lo que realmente había pasado es que, en nuestra ignorancia del transporte público coreano, nunca encontramos las máquinas para recargar los tickets. Suerte de novatos.
De regreso al aeropuerto, nos dimos cuenta que habíamos exagerado un poco en las previsiones del tiempo y teníamos aún como 5 horas libres antes del vuelo a Phnom Penh. Esto nos permitió explorar un poco el aeropuerto y confirmar lo que no hicimos al llegar, que nos encontrábamos en el mejor aeropuerto del mundo: Zonas culturales con representaciones de la corte imperial, musicales, talleres de artesanías, entre otras muchas cosas totalmente gratis para los turistas. Además, una zona de relajación con enormes sillones que invitaban a dormir, música suave, feng shui por doquier, masajes, regaderas, wi-fi ilimitado en todo el aeropuerto, y todo totalmente gratis. Aún así, el jet lag nos estaba matando, pues para nuestro cuerpo eran como las 3 de la mañana, a pesar de que aquí apenas eran las 5 de la tarde, y el temor de perder el vuelo nos hizo irnos a sentar a la sala de espera, haciendo hasta lo imposible para no dormirnos.
Al final, todo resultó bastante divertido y barato. No perdimos el vuelo y pudimos degustar una deliciosa cena en el avión (pues aprendimos la lección al habernos dormido en el vuelo anterior y no recibir comida por casi 12 horas): camarones, pulpo y otra carne con arroz, yumi. Gracias Skychef.